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jueves, 24 de febrero de 2011

Una generación para la historia

Al estudiar otras epocas históricas, recordamos lo brutal que era la gente, eran bárbaros, incivilizados, primitivos. Bien, no voy a dedicarme a desmontar estos tópicos, sino todo lo contrario. Siguiéndolo al pie de la letra, ¿qué nos hace pensar que dentro de 1000 años los libros de historia no se referirán a nostros como seres primitivos, brutales, desalmados?

No hablo de minorías,  ni de individuos marginales o iluminados en general. Hablo de convenciones sociales aceptadas por casi todos, los que están arriba y los que están abajo y que muy pocas voces cuestionan seriamente.

Imaginemos que dirán a cerca de nostros los escritos dentro de 1000 años:

Muchos seres humanos del siglo XXI aun conociendo perfectamente que millones de personas morían de hambre, seguían acumulando grandes cantidades de dinero que nunca utilizarían. Y lo sabían no sólo de oído, sino viendo en pantallas de alta resolución panorámica como personas famélicas agonizaban. Todo eso se permitía desde bancos, paraísos fiscales considerados países más respetables que aquellos donde la gente sufre las consecuencias más crudas de la desigualdad.
También quedará grabado para la posteridad nuestra total ignorancia ante el sufirmiento animal:
Según la gente del siglo XXI, no habia término medio: cualquier animal, al no poder compararse con un ser humano, se equipara automáticamente con un mineral, ignorando cualquier tipo de sufrimiento físico, que pueda padecer toda criatura de otra especie. No importa que centenares de millones de vacas, cerdos, gallinas vivan toda su existencia hacinados en celdas estrechas y oscuras. ¡Claro, no son personas!-justificaba el ser humano del siglo XXI.


Y ¿cómo se les va  olvidar a los historiadores un tema que incluso nostros tenemos tan a mano y a la vez ignoramos tanto?
En el siglo XXI la gente conocía los efectos del cambio climático, pero los políticos eran incapaces de llegar a un acuerdo para frenar definitivamente las emisiones de gases contaminantes y parar la destrucción del planeta. La gente de la calle también lo sabía muy bien pero muchos, no sabemos bien porqué, eran incapaces de tomar medidas individuales como utilizar menos los vehículos de motor o depositar los residuos en contenedores adecuados.

Y aquí dejo este post que, sin dejar de ser deprimente, tiene un matiz profundamente optimista. Porque contemplo la posibilidad de que dentro de 1000 años haya alguien en el mundo que pueda estudiar esta civilización nuestra que seguro que quedará grabada en la historia.

viernes, 18 de febrero de 2011

¡Qué chunga es la chusma del antro!

Hace unos meses tuve la oportunidad de conocer de cerca la religión Sikh, originaria del Punjab, una región que comprende parte del Norte de la India y el Este de Pakistán. A grandes rasgos, y para hacernos una idea rápida, se caracteriza por ser una religión monoteísta y al mismo tiempo, creer en la reencarnación. De las muchas costumbres que me sorprendieron una me llamó fuertemente la atención: cuando a alguien le gusta mucho algo, grita a viva voz algo que suena así como: Boleeee sone haaaal, a lo que las otras personas presentes responden más o menos con un: Sat Sia Kal! (la transcripción de esta frase en punjabi, lengua próxima al hindi, es problemática, ya que los Sikhs utilizan su propio alfabeto y la mayoría de traducciones al nuestro se hacen al inglés).

Este particular clamor de júbilo, original y emocionante como pocos,  se puede dar, por ejemplo, ante una canción  que les ha gustado mucho o un rezo que les ha conmovido y viene a ser un sustituto de los aplausos, que los sikhs no utilizan.

Me he dado cuenta de que aquí no tenemos ninguna expresión de alegría tan larga y elaborada como ésta. Vamos a ver, haberlas, haylas: podemos recurrir al incorrecto de puta madre, al juvenil guay, a los castizos olé y bravo o al casposo dabuten...pero no nos engañemos, en un día cualquiera no se oyen ni la mitad de veces que las expresiones de desaprobación. Hemos llegado a un punto en el que, incluso, la utilización de algunas palabras positivas puede sonar ñoña y forzada.  A veces, parece que no estemos preparados para escuchar un maravilloso, un fabuloso, un formidable. Además, no es fácil encontrar demasiada sofisticación en las expresiones de admiración más allá del cojonudo, tío. Y por descontado, no las gritamos con la misma pasión ni con el mismo ímpetu, que los términos despectivos.

Y es que, pensándolo bien, tenemos muchas más facilidades para exteriorizar nuestro disgusto. En nuestro vocabulario habitual, encontramos cantidad de expresiones para canalizar nuestro descontento. Desde las exclamaciones qué chungo, qué borde, qué fiasco, qué asco, hasta todo tipo de descalificativos para referirnos a cosas, lugares y personas: vaya bodrio, vaya antro (véase también cuchitril), vaya chusma.¿No es un truño? ¡Cuántos trastos! Los animales tampoco se libran de nuestra negatividad y son calificados de chuchos o pajarracos. ¡En fin, que tenemos un buen marrón! Para referirnos a una cara fea usamos careto, mientras que para expresar la belleza del rostro hay que tirar de adjetivo y decir: una cara bonita. Y nuestros conocidos poco agraciados se dividen en narizones, orejudos o unicejos. Y hasta aquí hemos llegado sin contar todo tipo de tacos, que van genial para deshogarse, pero que, parecen ya gastados de tanto repetirse, joer.

Sería bueno que pusiéramos, al menos, tanto énfasis en lo que nos gusta como el que ponemos en despotricar de lo que nos molesta. No me entendáis mal, no quiero decir que volvamos al flower power, ni de tratar de verlo todo color de rosa, pero cuando algo realmente nos llega: una película que nos deja con los pelos de punta,  un chocolate con churros an bueno que hasta sentimos un cosquilleo en la nariz, el agradable escalofrío que sentimos el primer día del año en que nos bañamos en la playa, ¿por qué no expresarlo como se merece?

Seguro que si nos fijamos, encontraremos mil momentos en los que fliparnos aunque sea un poquito y gritar: Boleeee sone haaaaaaal!

jueves, 17 de febrero de 2011

El favorito sin premio

En lo alto del escenario una famosa actriz se dispone a abrir el sobre. Todo el teatro está en silencio. En pantalla, los cuatro candidatos expectantes. A la derecha, el rostro del favorito...que se desencaja al escuchar el “And the Oscar goes to...” Y tras éste, un nombre que no es el suyo. No es el ganador...La cámara cruel, decide enfocarlo un rato más, a ver si ese rostro que lucha por parecer impasible, suelta alguna lágrima.

Siempre me ha conmovido profundamente esa gente que se vio ganadora de algo, no importa si era un Oscar o el sorteo de un jamón, y, al final, su sueño se desvaneció. Son esos instantes llenos de emoción en los que alguien vislumbra un momento de gloria, que después no es tal.  De alguna manera la sensación va más allá de una simple intuición o presentimiento, y sin poder evitarlo, el interesado se pone en esa situación tan deseada. Es parecido a despertarte de un sueño, pero mucho más crudo, porque hay más implicación emocional y el realismo era enorme.

Hay muchos ejemplos en el cine. Uno de los más conocidos es el de esa escena tan dramático en que la joven cree que el chico al que quiere va a pedirle matrimonio y, al final, resulta que el anillo era para otra.  Otro clásico del cine es el ladrón que al abrir el maletín de los millones, descubre que está vacío. Aunque es malo malísimo, de alguna manera te enternece. Y que me diréis del no menos peliculero ejecutivo que acude al despacho de su jefe convencido de que logrará su merecido ascenso, y al final resulta que le despiden.

El mundo del deporte se presta a este tipo de situaciones, atacando, a veces con saña, las asiraciones de los deportistas. Como la de ese delantero que, en plena celebración del gol se da cuenta de que el tanto ha sido anulado, o el fondista extenuado que levanta las manos a diez metros de la meta en señal de victoria y ve como su rival lo adelanta, ya sin fuerzas para alcanzarle.
Es el mismo sentimiento que en la vida real experimenta aquel pobre hombre que ganó la lotería y al ir a cobrarla se dio cuenta de que había perdido el décimo, o ese vecino que todos tenemos que, jugando a la primitiva, vio como le fallaba el último número. ¿Cuántas veces, nosotros mismos no hemos sentido en carne propia la decepción? La vida cotidiana trae pequeñas derrotas, que si bien no suponen una gran frustración, nos dejan un sabor un tanto amargo. ¿Qué me diréis de ese mensaje que suena en nuestro móvil haciéndonos creer que es de alguien especial y finalmente resulta ser publicidad? O cuando esa tarta que olía tan bien mientras se horneaba, resulta que se ha quemado. 

 La transición entre la corazonada y el mazazo es siempre complicada. Quien la atraviesa puede acabar sumido en un desencanto abismal. No, no eres el rey del mambo, cuánto antes lo aceptes, mejor.

Por supuesto, hay vida más allá de la frustración. Una vez curado del golpe, no se está tan mal. Pero cuidado. Nos puede quedar la sensación, tal vez cierta, tal vez equivocada, de que algún día, por justicia divina, vamos a lograr aquello que tanto ansiamos, porque de alguna forma, lo hemos tenido por unos instantes y nos lo han quitado. La ilusión tiene que ayudarnos a intentarlo una vez más  pero, en ningún caso, debemos obsesionarnos.

En cualquier caso nadie puede arrebatarle ya, a quien lo ha experimentado, ese momento de gloria, esos segundos mágicos en que ha volado alto, en que lo tuvo en sus manos, en el que lo consiguió.

martes, 15 de febrero de 2011

La vida es dura para los despistados

No hay día sin Sol, no hay playa sin mar y no hay día en mi vida sin despistes. De lunes a domingo, mañana, tarde o noche, surgen imprevistos, fallos del sistema, causados por mi eterna falta de concentración. Yo le pongo empeño: me apunto las cosas en una libreta, repaso mentalmente lo que tengo que hacer, hago listas de posibles errores que puedo cometer. Pero ellos, los pequeños lapsus, son infalibles. Siempre encuentran una brecha en mi concentración y la aprovecha para sembrar el caos a mi alrededor y crear una nueva sensación de derrota en mi conciencia.

En la vida cotidiana de una persona realmente despistada los contratiempos no se hacen esperar. Si no surgen con la ropa (no encuentras la ropa interior, no recuerdas donde has puesto los vaqueros..) aparecen ya a la luz del día cuando te das cuenta de que te has dejado la cartera para ir al trabajo, o cuando empiezas a dudar de si has apagado la estufa o si has cerrado con llave. En cualquier caso, tienes que volver a casa, pero, claro, es más que probable que no puedas entrar porque las llaves se han quedado dentro. Sacar la tarjeta del autobús  es todo un reto...Hay tantos compartimentos en la cartera, y la gente tiene tan poca paciencia...

La hora del trabajo ni comentarla... total no hay que mortificarse tanto, de la vuelta ya ni te acuerdas, tantas horas sin tomar cafeína...tu mente estaba en otro sitio, de viaje astral, vamos que estabas en Babia y no sabes ni como las llegado a casa.

¿Cuál debe ser el remedio para este problema? ¿Alguien lo sabe? Algún curandero, científico, informático. Hoy que parece que casi todo está inventado, tiene que haber algún programa, alguna terapia, alguna infusión...

domingo, 13 de febrero de 2011

Flechazos alternativos

Mañana es San Valentín y, como estoy cansada de lo mismo, pero tampoco puedo olvidarlo porque sale en todas partes, voy a pensar en los otros flechazos, aquellos que no se pueden considerar de amor de pareja, pero que a veces pueden llegar a ser tan locos e irraicionales como los otros. Y como los otros, con frecuencia, nos convierten en peleles y nos hacen desvariar.

Como cualquier flechazo, estos otros también aparecen en el momento más inesperado. Vamos a empezar por el más superficial: llevas toda la tarde bucando ropa de rebajas y, de repente, entre esa marea de prendas tan del montón (nunca mejor dicho), encuentras un picardías que te llama la atención. No es para nada tu estilo. Vaya, además tiene un descosido...pero ves que te gusta y te lo quedas, porque algo así no se encuentra todos los días.

Otro escenario propicio para el flechazo es el bazar chino. Llevas diez minutos dando vueltas por los pasillos y, entre lámparas de cisnes y jarrones rebozados de purpurina, descubres ese objeto que, no sabes bien porque, te fascina. Tal vez es un cactus de plástico, quizas es un salero con forma de pimiento...Tu sabes que no deberías, que es un caprichito pasajero y que en tu casa no lo van a aceptar,  pero...¡Es tan mono!

Otro tipo de flechazos son los que tienen como protagonistas a los muebles. Sí, sí, parece una tremenda tontería, pero cuidado con esos que son los más peligrosos. ¡Los muy sinvergüenzas! Hasta se llegan a interponer entre una relación de pareja entre personas de carne y hueso. Cariño o el sofá de 10.000 euros o yo...¡El sofá!

¡Y los flechazos con la comida! Esos si que son fulminantes.  La pasión se desborda de forma instantánea: tan solo ver el donuts gigante, que te está guiñando el ojo desde el escaparate, o la palmera de chocolate que te dice cómeme cómeme. Y que me dirás de esa bolsa de patatas fritas que las mata callando, pero allí está esperando que caigas en la tentación.

Tambien hay flechazos geograficos, desencadenados por países, ciudades y pueblos. Me explico, hay gente que, de repente, un buen día, lo dejaría todo por irse a vivir a Guadalajara. Como siempre,  para gustos los colores.

Poniéndonos ya serios, que me diréis del amor a primera vista con los trabajos. Algunas veces cuando vas a una entrevista y entras en la oficina te da urticaria instantánea y rezas para que no te cojan. Otras, sabes que es tu lugar.

Llegamos, por fin, al más sublime de los flechazos, el enamoramiento de amigos. El objeto de deseo es esa persona, hombre o mujer que sexualmente no te atrae en absoluto, pero que descubres que es taaaan maja...Tal vez la acabas de conocer, o quizás ya las conocías pero no te habías dado cuenta de lo irresistiblemente amigable que puede ser...Y pasa lo que pasa, la invitas a un café, a fumarte un cigarrillo...El resto ya es cosa vuestra, solo te recomendaría que uses protección (de datos), porque es bastante frecuente que en un arrebato de amistad acabes contando cosas que no tenías que contar, rajes de quien no tenías que rajar...Ante todo disfruta, pero no te dejes llevar por el momento.

Y, como en los flechazos de pareja, puede ser que todo sea un engaño de Cupido y que, al final, con el corazon partío tengas que admitir que te habías equivocado. El donuts te deja un sabor empalagoso, tú llevando un picardías..., el trabajo, al final, era para comercial...Tu nuevo amigo le cuenta al jefe lo mucho que le odias...Muy bien, Pero, ¿no fue bonito mientras duró?

sábado, 12 de febrero de 2011

No a la intuición

Hay gente que presume de tener buena intuición. También se dice que es una cualidad muy femenina. Muy bien, puede ser. Pero a mí, la experiencia o, mejor dicho, los sustos que me he ido llevando a lo largo de los años, negativos en forma de mazazo y tambien muy positivos, en forma de sorpresas de peli cursilona, me han demostrado que la intuición no es de fiar.  En mi caso, si intuyo algo es porque es obvio y evidente o porque lo adiviné por simple y llana casualidad. Eso me inquieta, ya que significa que, ante mis narices, hay todo un submundo que escapa a imaginación y expectativas.

Son tantas las ocasiones en que no me esperaba en absoluto, que a veces pienso que mi pobre  mandíbula abierta no volverá a su lugar jamás. Las sorpresas se pueden presentar de mil formas distintas, como caras ocultas de una misma persona, (hay gente que puede tener tantas como quiera), de secretos revelados, de puñaladas traperas. También hay giros dramáticos buenos. Ya desde la tierna infancia son comunes las apariciones de cartitas de amor con la firma más inesperada, o los ramos de flores que llegan del lugar más insospechado.

Pero lo más fascinante es que la sorpresas pueden manifestarse a través de uno mismo, dando testigo de una dimensión desconocida de tu propia persona. Salen como palabras que nunca te esperabas que serías capaz de decir. Borderías que nunca me creíste pronunciar, retos que nunca pensaste superar.

Tal como dice la expresión solo vemos la punta del iceberg. Y en muchos casos pienso que ni si quiera eso. Bajo eun mar apacible puede haber una montaña de hielo y en el rincón mas inóspito del planeta, tal ves esté lo que buscamos.
Todo eso me asusta, es cierto, pero también me ilusiona pensar en la próxima sorpresa que esta por venir. A menudo pienso cual será. Seguro que tiene que ser buena, me digo, y eso no es más que una corazonada, una frase fruto de mi ilusión, dicha sin más, porque, por mucho que me pare a pensar, no puedo intuir todo lo que me pasará, ni todo lo que está pasando.

viernes, 11 de febrero de 2011

Yo tenía diez perritos

Cuando era pequeña mi abuela solía cantarme una canción que decia algo asi como: Yo tenia diez perritos uno no come no bebe... ya no tengo mas que nueve. De los nueve que me quedan, un se comió un bizcocho, ya no tengo más que ocho. Las rimas se sucedían con todos los números en una cuenta atrás destructiva que ya podéis imaginar, concluía con la desparicion de todos los animalitos, en el apoteósico verso El perro que me quedava se escapó tras el cartero...ya no tengo ningún perro.

Pues bien, quien me iba a decir que aquella canción infantil que me desvelaba con 5 añitos,  era una especie de premonición cruel de lo que más adelante iba a suceder con algunas amistades. Y cuando digo amistades no me refiero a coleguillas, conocidos o contactos de relleno de mi facebook. Me refiero a amigos amigos,  los que los que hubiera hecho testigos de mi boda, o padrinos&madrinas de mis hijos.

No no no. Gracias a Dios, todavía no estoy a cero. Pero sí es cierto que estoy observando una tendencia peligrosa de algunos de mis más allegados a desaparecer sin más, por arte de magia. No estoy hablando de enfados ni de malos entendidos, ni tampoco de despedidas dramáticas en el aeropuerto con abrazos, pañuelos y narices moqueantes. Hablo de amigos que simplemente se esfuman. Un día ya no están. Sin malas palabras, sin tensión y sin razón aparente.

El proceso de la muerte de una amistad empieza de forma silenciosa. Primero piensas que si no ves a tu amigo el viernes, lo verás el sábado...Pero pasa todo el fin de semana y rien de rien.  A la semana te empiezas a extrañar, le llamas y tampoco quiere quedar. Al mes ya te has dado cuenta de que pasa algo, porque sabes que tu amigo sale con otra gente, porque has insistido varias veces y no has obtenido respuesta, o tal vez has conseguido un Ya quedaremos y un Ando muy liado.  Cuando hace medio año desde vuestro último encuentro, seguramente tu amigo ya te ha dado explicaciones en forma de Perdoname, cuando pueda nos vemos. En esta fase, tu decepción ya es importante, por lo que empiezas a fantasear con cantarle las cuarenta a tu todavía amigo. Piensas en lo a gusto que te quedaras cuando el te pida perdón, tu te des cuenta de lo mucho que te ha echado de menos y os vaiais a tomar un cafe o una caña ya reconciliados. Pero ese momento no llegará. No quiero decir que no os veáis nunca mas. Es más que probable que os crucéis un dia por la calle, por casualidad y, cuidado porque ese suele ser uno de los momentos mas tristes, no sabréis que deciros. Y cuando pase la pena te darás cuenta de que a ti tampoco te interesa.

jueves, 10 de febrero de 2011

En el nombre de la Productividad, de la Eficiencia y la Eficacia. Amén

Tengo más de 25 años. A los 22 acabé la carrera y tengo una preparación digamos que fuerte.  Nunca he tenido un trabajo estable que me dure mas de 5 meses. Este último año ha sido especialmente duro, puesto que no me sale ningun trabajo, ni relacionado con mis estudios ni de culaquier otro tipo.  Así que, de perdidos al río, me he lanzado de cabeza y sin flotador a hacer prácticas no remuneradas. Que voy a hacer, es la única forma de no estancarme y, de cara a futuro,  poder poner en el currículum que tengo un minimo de experiencia, nada una tontería, 2 años o 3 de prácticas séran suficientes.

El problema de las prácticas es que se me exige un nivel profesional. Mas dias que menos,  se me llama la atencion si no hago el trabajo perfecto. Poco a poco me han ido pidiendo que haga mas horas. Tengo la sensacion que conmigo se estan ahorrando mas de medio sueldo. Creo que he escuchado la palabra gracias en 4 ocasiones en 3 meses.

De mi tremendo entusiasmo se puede deducir que no estoy aprendiendo un oficio sino haciendo trabajos muy menores que de poco me serviran en el futuro. Pero que son muchas horas de trabajo al fin y al cabo y no se pagan. En las empresas donde he trabajado con o sin sueldo, nunca se han interesado por las capacidades que he adquirido en tantos años de estudios.

Sinceramente, no entiendo la actitud de algunos empresarios de hoy en dia. Si hace unas decadas se justificaba cualquier cosa en nombre de la religion, ahora, en una sociedad que se define como moderna,  se disculpa sin ningun tipo de reparo cualquier comportamiento en nombre de palabra como Productividad o Eficiencia. Incluso explotar a estudiantes desesperados, y les llamo estudiantes pero en realidad tendrian que ser trabajadores, pero ante el panorama que hay ahora, han tenido que lanzarse a estudiar mas, con todo la inversion de tiempo y dinero que supone, porque si no justifican 2 o 3 años de experiencia gratis, no les contrataran ni para un voluntariado con recomendacion *eso me ha pasado a mi tambien, aunque prometo no autocompadecerme mas.

Lo peor de todo, que los que actuan de ese modo no solo estan tan tranquilos sino que presumen, y atencion porque no solo presumen sino que se enorgullecen en lo mas profundo de su persona, de lo productivos, competitivos, eficaces, eficientes y resueltos que son y de lo bien que gestionan la empresa.