Hace unos meses tuve la oportunidad de conocer de cerca la religión Sikh, originaria del Punjab, una región que comprende parte del Norte de la India y el Este de Pakistán. A grandes rasgos, y para hacernos una idea rápida, se caracteriza por ser una religión monoteísta y al mismo tiempo, creer en la reencarnación. De las muchas costumbres que me sorprendieron una me llamó fuertemente la atención: cuando a alguien le gusta mucho algo, grita a viva voz algo que suena así como: Boleeee sone haaaal, a lo que las otras personas presentes responden más o menos con un: Sat Sia Kal! (la transcripción de esta frase en punjabi, lengua próxima al hindi, es problemática, ya que los Sikhs utilizan su propio alfabeto y la mayoría de traducciones al nuestro se hacen al inglés).
Este particular clamor de júbilo, original y emocionante como pocos, se puede dar, por ejemplo, ante una canción que les ha gustado mucho o un rezo que les ha conmovido y viene a ser un sustituto de los aplausos, que los sikhs no utilizan.
Me he dado cuenta de que aquí no tenemos ninguna expresión de alegría tan larga y elaborada como ésta. Vamos a ver, haberlas, haylas: podemos recurrir al incorrecto de puta madre, al juvenil guay, a los castizos olé y bravo o al casposo dabuten...pero no nos engañemos, en un día cualquiera no se oyen ni la mitad de veces que las expresiones de desaprobación. Hemos llegado a un punto en el que, incluso, la utilización de algunas palabras positivas puede sonar ñoña y forzada. A veces, parece que no estemos preparados para escuchar un maravilloso, un fabuloso, un formidable. Además, no es fácil encontrar demasiada sofisticación en las expresiones de admiración más allá del cojonudo, tío. Y por descontado, no las gritamos con la misma pasión ni con el mismo ímpetu, que los términos despectivos.
Y es que, pensándolo bien, tenemos muchas más facilidades para exteriorizar nuestro disgusto. En nuestro vocabulario habitual, encontramos cantidad de expresiones para canalizar nuestro descontento. Desde las exclamaciones qué chungo, qué borde, qué fiasco, qué asco, hasta todo tipo de descalificativos para referirnos a cosas, lugares y personas: vaya bodrio, vaya antro (véase también cuchitril), vaya chusma.¿No es un truño? ¡Cuántos trastos! Los animales tampoco se libran de nuestra negatividad y son calificados de chuchos o pajarracos. ¡En fin, que tenemos un buen marrón! Para referirnos a una cara fea usamos careto, mientras que para expresar la belleza del rostro hay que tirar de adjetivo y decir: una cara bonita. Y nuestros conocidos poco agraciados se dividen en narizones, orejudos o unicejos. Y hasta aquí hemos llegado sin contar todo tipo de tacos, que van genial para deshogarse, pero que, parecen ya gastados de tanto repetirse, joer.
Sería bueno que pusiéramos, al menos, tanto énfasis en lo que nos gusta como el que ponemos en despotricar de lo que nos molesta. No me entendáis mal, no quiero decir que volvamos al flower power, ni de tratar de verlo todo color de rosa, pero cuando algo realmente nos llega: una película que nos deja con los pelos de punta, un chocolate con churros an bueno que hasta sentimos un cosquilleo en la nariz, el agradable escalofrío que sentimos el primer día del año en que nos bañamos en la playa, ¿por qué no expresarlo como se merece?
Seguro que si nos fijamos, encontraremos mil momentos en los que fliparnos aunque sea un poquito y gritar: Boleeee sone haaaaaaal!

No hay comentarios:
Publicar un comentario