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jueves, 17 de febrero de 2011

El favorito sin premio

En lo alto del escenario una famosa actriz se dispone a abrir el sobre. Todo el teatro está en silencio. En pantalla, los cuatro candidatos expectantes. A la derecha, el rostro del favorito...que se desencaja al escuchar el “And the Oscar goes to...” Y tras éste, un nombre que no es el suyo. No es el ganador...La cámara cruel, decide enfocarlo un rato más, a ver si ese rostro que lucha por parecer impasible, suelta alguna lágrima.

Siempre me ha conmovido profundamente esa gente que se vio ganadora de algo, no importa si era un Oscar o el sorteo de un jamón, y, al final, su sueño se desvaneció. Son esos instantes llenos de emoción en los que alguien vislumbra un momento de gloria, que después no es tal.  De alguna manera la sensación va más allá de una simple intuición o presentimiento, y sin poder evitarlo, el interesado se pone en esa situación tan deseada. Es parecido a despertarte de un sueño, pero mucho más crudo, porque hay más implicación emocional y el realismo era enorme.

Hay muchos ejemplos en el cine. Uno de los más conocidos es el de esa escena tan dramático en que la joven cree que el chico al que quiere va a pedirle matrimonio y, al final, resulta que el anillo era para otra.  Otro clásico del cine es el ladrón que al abrir el maletín de los millones, descubre que está vacío. Aunque es malo malísimo, de alguna manera te enternece. Y que me diréis del no menos peliculero ejecutivo que acude al despacho de su jefe convencido de que logrará su merecido ascenso, y al final resulta que le despiden.

El mundo del deporte se presta a este tipo de situaciones, atacando, a veces con saña, las asiraciones de los deportistas. Como la de ese delantero que, en plena celebración del gol se da cuenta de que el tanto ha sido anulado, o el fondista extenuado que levanta las manos a diez metros de la meta en señal de victoria y ve como su rival lo adelanta, ya sin fuerzas para alcanzarle.
Es el mismo sentimiento que en la vida real experimenta aquel pobre hombre que ganó la lotería y al ir a cobrarla se dio cuenta de que había perdido el décimo, o ese vecino que todos tenemos que, jugando a la primitiva, vio como le fallaba el último número. ¿Cuántas veces, nosotros mismos no hemos sentido en carne propia la decepción? La vida cotidiana trae pequeñas derrotas, que si bien no suponen una gran frustración, nos dejan un sabor un tanto amargo. ¿Qué me diréis de ese mensaje que suena en nuestro móvil haciéndonos creer que es de alguien especial y finalmente resulta ser publicidad? O cuando esa tarta que olía tan bien mientras se horneaba, resulta que se ha quemado. 

 La transición entre la corazonada y el mazazo es siempre complicada. Quien la atraviesa puede acabar sumido en un desencanto abismal. No, no eres el rey del mambo, cuánto antes lo aceptes, mejor.

Por supuesto, hay vida más allá de la frustración. Una vez curado del golpe, no se está tan mal. Pero cuidado. Nos puede quedar la sensación, tal vez cierta, tal vez equivocada, de que algún día, por justicia divina, vamos a lograr aquello que tanto ansiamos, porque de alguna forma, lo hemos tenido por unos instantes y nos lo han quitado. La ilusión tiene que ayudarnos a intentarlo una vez más  pero, en ningún caso, debemos obsesionarnos.

En cualquier caso nadie puede arrebatarle ya, a quien lo ha experimentado, ese momento de gloria, esos segundos mágicos en que ha volado alto, en que lo tuvo en sus manos, en el que lo consiguió.

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